Las noches del fin de semana dan para mucho. Los hay que aprovechan las jornadas de descanso para darse un pasote, del que se recuperan en los siguientes cinco días laborables, tiempo más que suficiente (a ciertas edades) hasta la llegada del próximo combate entre neuronas y sustancias tóxicas, que suele empezar, de nuevo, la noche de los viernes.Así es la vida de mucha gente, no lo descubriremos ni aquí ni ahora. También es habitual ver por nuestras calles las noches de los fines de semana a grupos organizados de machos y hembras de la especie (por separado) celebrando el fin de la soltería de uno de los miembros de la manada. Dos circunstancias se suelen dar en muchas de estas procesiones callejeras nocturnas: ellas adornan sus cabezas u orejas con penes de broma y ellos llevan como compañía de correrías a una muñeca hinchable.
Sí, no es algo que se cumpla a rajatabla en todas la despedidas de soltero (o soltera), de acuerdo. De hecho, también hay algunas que terminan con el microbús de los mancebos dando tumbos por la Casa de Campo en busca de compañía… Y eso no quiere decir que lo haga todo el mundo… En cualquier caso, como decía Jordi Pujol, este tema “hoy no toca”. Si estuviéramos en un programa nocturno de Antena 3 ahora pondríamos de fondo música de miedo… Vamos a hablar de las muñecas hinchables.
La historia de la muñeca hinchable está ligada al desarrollo del comercio marítimo. Suena a burrada, pero parece ser que sus antepasados más directos son las ‘Damas de viaje’, unos rústicos muñecos realizados en tela que solían utilizarse para desahogo carnal de los marineros en las rutas transoceánicas. En la década de los años 30 del siglo pasado, empezaron a perfeccionarse en forma y prestaciones por parte de las autoridades militares alemanas y japonesas, que las emplearon en su flota de submarinos para dar compañía a los sufridos tripulantes.
El uso del vinilo y otros elementos emparentados con el plástico permitió que la incipiente industria juguetera sexual de los años 50 empezara a crear y comercializar las primeras muñecas hinchables propiamente dichas. Durante décadas, este tipo de artículo sexual ha satisfecho los impulsos y necesidades de todos los seguidores de un par de parafilias: la pediofilia (no confundir con pedofilia) y el pigmalionismo. Ésta última toma el nombre del personaje mitológico griego Pigmalión, que se enamoró de una estatua de su propia creación. En ambos casos, se trata de una parafilia que consiste en excitarse sexualmente única y exclusivamente con figuras humanas artificiales e inanimadas.
El trasfondo de estas parafilias suele ser bastante perturbador para la mayoría de los mortales. En la película de 1973, dirigida por Luis García Berlanga, ‘Tamaño natural’, se describía la tormentosa relación entre un dentista, interpretado por Michel Piccoli, y su muñeca hinchable. Aquello era ficción. Sin embargo, hay muchas personas que viven a diario con esta disfunción sexual. Una prueba fehaciente de ello la encontramos en Japón, donde la industria de las ‘love dolls’ (las muñecas del amor) fabrica cada año diez mil ejemplares de sumisas y silenciosas muñecas. El fenómeno es tal que incluso hay prostíbulos exclusivamente de muñecas.
Nos puede parecer muy fuerte. Sin embargo hay muchos que prefieren mil veces este tipo de sexo de pago que el que permite la explotación de un ser humano real y de carne y hueso… El uso de nuevos materiales, como la silicona o la piel artificial, ha conseguido que las muñecas eróticas (y también su versión masculina) sean cada vez más realistas. Inquietantemente realistas, como podemos comprobar en algunas páginas donde se venden este tipo de cosas. Sus precios oscilan entre los cinco mil y los diez mil euros, por lo que no es habitual poder admirarlas o adquirirlas en un sex-shop normal y corriente. El que algo quiere, algo le cuesta… Nada que ver con sus primas lejanas hinchables, que han quedado para la broma y el escarnio público.
Fuente: elmundo
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